Había una vez un famoso vector, aburrido porque no se le consideraba el sentido decidió viajar a la Luna, para ver si ahí, en ese lugar, si habían seres que lo consideraran en plenitud.
Y se encontró con unos enanitos verdes, fortachones y simpáticos, que le
hicieron miles de preguntas acerca de cómo era que en la tierra había seres que
no le encontraran sentido al sentido, siendo que es tan importante ya que si
así fuera no se sabría hacia dónde la Tierra atrae a la Luna o hacia dónde la
Luna atrae a la Tierra.
El vector se miró a sí
mismo y se quedó pensando un rato y ¡claro!, dice el vector, si toda la
confusión nace de una tontera, yo nací para deleitar la matemática (un plato de
comida muy rico que se sirve en la Tierra) y bueno llegaron unos que se decían
físicos y me empezaron a utilizar y a usar. Ahí fue cuando algunos, que no eran
físicos, no comprendieron mi naturaleza y no me entendieron y me quitaron parte
de mi razón de ser.
Yo, como soy un
vector, me pongo a reflexionar y digo: si no hubiera un sentido ¿habría llegado
el niño a buscar lo que su mamá le pidió?
Ves, hasta un niño puede usarme con facilidad, no sé por qué ahora,
algunos terrícolas grandes me quieren ignorar, esto me entristece y ya no sé
que hacer.
El enanito verde le dijo: “no
te apenes, verás como aquí en la Luna te vamos a querer como te mereces” y el vector, muy entusiasmado, se
quedó a vivir en la Luna
Y no pasaron más de dos eclipses y ta ta ta tan.
Las campanas doblaron el vector se prendó de la Luna y aceptó vivir con
ella para el resto de sus días o para la eternidad, lo que llegue primero, y
así el vector y la luna fueron felices para siempre.






